viernes, 24 de julio de 2009

New York. Enrique Jardiel Poncela

Una ciudad con dos ríos.

Chinos, negros y judíos

con idénticos anhelos.

Y millones de habitantes,

pequeños como guisantes,

vistos desde un rascacielos.

En el invierno, un cruel frío

que hace llorar. En estío,

un calor abrasador

que mata al gobernador

–que es siempre un señor con lentes–

y a los doce o trece agentes

que llevaba alrededor.

Soledad entre las gentes.

Comerciantes y clientes.

Un templo junto a un teatro.

Veintitrés o veinticuatro

religiones diferentes.

Agitación. Disparate.

Un anuncio en cada esquina.

"Jazz-band". Jugo de tomate.

Chicle. "Whisky”. Gasolina.

Circunsición. Periodismo:

diez ediciones diarias,

que anuncian noticias varias

y todas dicen lo mismo.

Parques con una caterva

de amantes sobre la hierba

entre mil ardillas vivas.

Masas con fama de activas,

Pero indolentes y apáticas.

"Estrellas", actrices, "divas"

y máquinas automáticas.

Oficinas sin tinteros:

con "Kalamazoos", ficheros,

con nueve timbres por mesa

y con patronos groseros

de cara de aves de presa.

Espectáculos por horas.

"Sandwichs" de pollo y pepino.

Ruido de remachadoras.

Magos y adivinadoras

de la suerte y del destino.

Hombres de un solo perfil,

con la nariz infantil

y los corazones viejos;

el cielo pilla tan lejos,

que nadie mira a lo alto.

Radio. Brigadas de Asalto.

Sed. "Coca-Cola". Sudor.

Limpiabotas de color.

Cemento. Acero. Basalto.

"Garages" con ascensor.

Prisa. Bolsa. Sobresalto.

Y dólares. Y dolor:

un infinito dolor

corriendo por el asfalto

entre un "Chevrolet" y un "Ford"