jueves, 9 de agosto de 2007

Justine. La ciudad


“¡Mira! –exclamó-. Cinco imágenes distintas del mismo sujeto. Si yo fuera escritora, trataría de conseguir una presentación multidimensional de los personajes, una especie de visión prismática. ¿Por qué la gente no muestra más que un solo perfil a la vez?”




Si el Cuarteto de Alejandría se llevara al cine, tendría que ser una película en blanco y negro, como lo fue Casablanca. Porque la Alejandría que ya no es pero que será siempre, es una Alejandría melancólica, que se deja habitar y poseer por sus habitantes; observadora fiel; amante que perdona el paso del tiempo y perdona el olvido de aquellos que conquistaron otra vida mejor.

¿Es Justine la propia visión de Alejandría? Me he permitido así creerlo; porque es Justine una mujer sedienta de compañía y sedienta por encontrar su propio camino, por construir su vida, su historia. “En cierto sentido, Justine no buscaba la vida, sino una revelación integradora que pudiera darle un sentido”. Y en busca de ese sentido devora las relaciones con los hombres que la rodean, confundiendo, tal vez, el exceso de pasión con la sed de espíritu. Una contrariedad digna de cualquier persona.

¿Tienen las ciudades, al igual que las personas, una historia propia? O, por el contrario, ¿la historia de las ciudades la construyen sus habitantes? ¿Son entidades autónomas? Existirían las ciudades sin las personas que las habitan?

Me viene a la mente una Alejandría en blanco y negro y también en sepia. Una ciudad cansada y llena de polvo, donde la primavera parece que no llega nunca. Donde siempre es verano, otoño e invierno. Pero nunca primavera. Y así, la ciudad se confunde con sus habitantes, también cansados y llenos de soledad, de vacío. Pero buscadores de una vida que tendrán que buscar en cualquier otro lugar.

“Sí, ésta es la más desdichada de las relaciones amorosas que pueda mantener un ser humano, una relación agobiada por algo tan desgarrador como la tristeza que sigue al coito, que se aferra a todoa las caricias y permanece como un sedimento de las claras aguas de un beso”.




“ la ciudad se repliega en sí misma como si esperara la llegada de un huracán. Unas pocas ráfagas de viento y una lluvia agria son los heraldos de la oscuridad que borra toda luz en el cielo”.

¿Es el Cuarteto de Alejandría un intento frustrado de llevar a la literatura, al papel, la teoría de la relatividad de Einstein? YO creo que sí lo consiguió. La teoría de la relatividad trata de explicar el movimiento de los cuerpos en ausencia de fuerzas gravitatorias. Y así se mueven los personajes de Justine, parece que flotan sin más, sin ningún interés, sin finalidad, parecen la mayor parte del tiempo perdidos; perdidos en esos paseos de verano, en esas calles hacinadas de casas destartaladas y decrépitas .... “me pregunté, como siempre me había preguntado, adónde nos llevaba el tiempo”.

9 comentarios:

uberri dijo...

Felicitaciones por tu post y por las citas que incorporas, muy bien elegidas.
“¿Es Justine la propia visión de Alejandría?”, te preguntas.
Justine es su “símbolo viviente” (pág. 17 de mi edición).
Alejandría… Evitas definirte sobre la tesis moral: “La ciudad es la que debe ser juzgada, aunque seamos sus hijos quienes paguemos el precio”, dice enfáticamente el narrador al comienzo. Me imagino que hay que tomar “ciudad” no solo en el sentido de “escenario” (aunque el clima influya decisivamente), sino en el de una “cultura” determinada. ¿Existía en aquella ciudad de Alejandría una cultura amoral que volvía amorales a sus habitantes? Afirma Justine: “mi total incapacidad para obedecer a la más mínima orden moral de mi naturaleza, como por ejemplo la de ser fiel al hombre a quien adoro” (147 de mi edición). Y antes había proclamado este oscuro enunciado: “Sería estúpido haber hecho todo el mal que yo he hecho, y no darme cuenta de que ese es mi papel. Sólo así, sabiendo muy bien lo que hago, puedo llegar a realizarme plenamente. No es fácil ser lo que soy. Deseo tanto ser responsable de mí misma. Por favor, no lo pongas jamás en duda”; final de la primera parte). Dice Clea de Justine: “Como todos los seres amorales, está en el límite de la Diosa” (76).
Los personajes de Casablanca casi parecen planos frente a los de la novela. Fíjate que para el personaje de Justine hay tres fuentes: la propia narración, el análisis de Moeurs y ¡su diario! Hasta el punto de restarle verosimilitud. Justine es tremendamente intelectual; de hecho se acerca a Darley a raíz de una conferencia, y surge entre ellos una amistad excesivamente intelectualizada.
Personajes “que flotan sin más”, dices deprisa. Yo buscaría alguna escena clave. Una es la del burdel de niñas. En efecto, ¿qué estaba ocurriendo allí? Hay algo fundamental que queda desdibujado. Pero a partir de la escena del burdel comienza la compleja indagación sobre la ninfomanía de Justine, originada en su violación. (El tema de la pederastia está en la novela, sin la carga negativa actual que lo hubiese tornado políticamente incorrecto).

El Alde dijo...

Me ha encantado el post y la sensibilidad que le has imprimido. Yo creo que el habitante a la ciudad y la ciudad al habitante, es un sistema de retroalimentación mutuo que lleva a la ciudad a ser lo que es y a los habitantes a ser lo que son, también.

Un beso

Apostillas literarias dijo...

En mi opinión, las ciudades tienen una historia propia y, también, sus habitantes la han construído. Pienso que estas dos cosas conforman y forman un todo maravilloso.

Que hermosa la imagen del teatro.

Hilvanes Y Retales dijo...

Saludos Uberri; Excelente tu visión. Quería hacer otro post donde abarcaría todo esto que hablas. Mi intención era abarcar en distintos post la ciudad, Justine, el ciclo que parece cerrar la obra en lo que respecta al tiempo... He empezado Balthazar, no era mi intención empezarlo ahora, pero Justine me ha enganchado más de lo que pensé y tengo intriga por el resto. Que, por cierto, si no lo has leído, es el mismo narrador. Y lo más curioso, resulta que he vuelto a su vez a releer Justine, es como si no la hubiera leído. En cada página encuentro algo nuevo que antes no había apreciado.

Es curioso, lo que apunta ALDE Y APOSTILLAS me lleva a pensar porqué somos distintos en función de donde vivimos. Estoy segura que este Hilván no es igual que el Hilván que vivió en Cáceres.

Besos Mil a todos.

uberri dijo...

Antes de leer tu comentario, estuve tomando unas notas; te las envío también. No sabía lo de tu relectura de Justine... Besos.

Ya te has embarcado en Balthazar y ahora la novela anterior quedará afectada por la nueva perspectiva; y yo debo parecerte un tanto anacrónico ciñéndome a la primera…
Releo una de tus citas: “Sí, ésta es la más desdichada de las relaciones amorosas que pueda mantener un ser humano, una relación agobiada por algo tan desgarrador como la tristeza que sigue al coito, que se aferra a todos las caricias y permanece como un sedimento de las claras aguas de un beso” (133). La anotas por su poder evocador, pero pasas deprisa…
El Cuarteto, afirma Durrell “es una investigación del amor moderno” (prólogo a Balthazar), y en consecuencia una exploración del misterio del sexo.
El propio Darley afirma algo inquietante: “he nacido para compartir mis momentos de mayor soledad -los del coito- con Justine. Imposible acercarme más a la verdad” (190). Y luego: “Justine me amaba -pero tú ahora estás bajo la influencia de Balthazar, donde este amor es ficticio-, me amaba porque yo era para ella algo indestructible (…). La obsesionaba el sentimiento de que incluso mientras estaba haciendo el amor con ella mi deseo más grande era morir” (197).
Estas citas parecen transparentar elementos reales que se incorporan a la ficción para darles sentido… Esa cercanía del coito a la muerte tiene su misterio.
Hay también una de esas escenas decisivas: aquella en que Darley se asoma (como voyeur intelectual: “Quiero saber lo que eso significa” [184]), se asoma, digo, al coito de una prostituta con un cliente: “Yacían allí, como las víctimas de un terrible accidente, torpemente ensamblados, como si de una manera incoherente, experimental, fueran la primera pareja de la historia humana que ensayara ese medio especial de comunicación. Su postura, tan ridícula y grotesca”… “De ella surgían todos los aspectos del amor que el ingenio de los poetas y los locos habían utilizado para destilar las sutiles distinciones de sus filosofías” (185). Esta visión se cierra con una “carcajada convulsa” (186).
Y vuelve la instancia moral encarnada por Alejandría: “No era el sexo lo que ofrecían desde su monótona reclusión [de prostitutas] (…), sino que, como auténticas moradoras de Alejandría, proponían el olvido profundo de la procreación, a través del placer físico asumido sin repugnancia” (187).
Por esto te decía que pasabas deprisa…

uberri dijo...

Un lector apresurado, llegando al final de la segunda parte, lee esta alusión: “aquella extraordinaria escena en la playa” (132), y apenas logra evocar qué paso.
Aunque el narrador presentase tal escena como el “primer encuentro verdadero” (43), hay casi cien páginas por medio. Estas lazadas audaces le gustan a Durrell. Por ejemplo, al describir el dormitorio de Justine, vemos a la cabecera de la cama cuatro novelas de Pursewarden, y dice el narrador: “no sé si las ha puesto para esta ocasión (estamos cenando todos juntos)” (134); sólo en el segundo libro podremos entender su equivocación.
Hay un arte casi de novela policíaca en este encaje de detalles separados por muchas páginas, pero es que Justine tiene algo de novela policíaca: recuerda que concluye con el asesinato de Capodistria…
Pero habría que examinar con más detalle esa “extraordinaria escena”.
El mismo lector apresurado tal vez no ha percibido que la relación de Darley con Justine tiene dos fases, partidas precisamente por esa escena. Primero es una amistad intelectual, después son amantes. Es en el curso de esa amistad cuando Darley se familiariza con el matrimonio de Nessim y Justine, y se convierte en invitado asiduo a su casa. Precisamente, la “escena de la playa” se origina estando los dos en la casa de Nessim ausente.
Pero recuerda cómo describe el narrador esas dos fases: “el entendimiento que había nacido entre nosotros -alegría y amistad fundadas en gustos comunes- se desintegró en algo que no era amor -¿cómo podría serlo?-, sino una especie de posesión mental en la que las ataduras de una sexualidad devoradora no tenían demasiada importancia” (44). Superextraño enunciado. Lo primero que sorprende es otra de esas audaces lazadas: a esa pregunta (“cómo podía serlo”) se medio responde ¡cuarenta páginas después! -¿hay lector que pueda mantener esa capacidad de concentración sin releer?-. Dice el narrador allí, volviendo a evocar la “escena de la playa”, que surgió entre ellos “algo que no me atrevo a llamar amor por miedo de escuchar en mi recuerdo aquella risa dulce y cruel [de Justine]” (82).
Pero ¿qué significa esa ominosa expresión, “una especie de posesión mental en la que las ataduras de una sexualidad devoradora no tenían demasiada importancia”; es posible desentrañarla?
Le voy a sumar otra cita, que casi parece palinodia de la anterior: “Mi amor es de una índole muy peculiar, porque no siento que poseo a Justine, y ni siquiera aspiro a desear esa posesión. Es como si sólo nos uniéramos a través de la autoposesión, asociándonos en una etapa común a nuestro desarrollo. En realidad, ultrajamos al amor, pues hemos probado que los lazos de la amistad eran todavía más fuertes”. Y concluye con la sentencia que ya destaqué: “he nacido para compartir mis momentos de mayor soledad -los del coito- con Justine” (190).
Estoy intentando palpar la densidad ensayística que subyace a la novela, asumiendo que “el tema central del libro [del Cuarteto] es una investigación del amor moderno]” (prólogo a Balthazar).
La interesante “escena de la playa” -allí vemos en acción las misteriosas dudas de Justine-, se cierra con otro enunciado, donde de nuevo se encadenan las dos fases (amistad-amor): “Comprendí que ese tráfico estéril de ideas y sentimientos había abierto un camino hasta las selvas más densas del corazón, y que allí nos convertíamos en siervos de la carne, dueños de un conocimiento enigmático que sólo podía ser transmitido, recibido, descifrado, entendido, por los pocos seres que son nuestros complementarios en el mundo” (46). Y es que aflora aquí el trasfondo mistérico de la Cábala, que está en el subsuelo filosófico de la novela (no sólo como elemento costumbrista).
Todo esto contribuye a la densidad novelística de Justine. Es difícil hacerse una idea justa de sus personajes.
Un beso.

uberri dijo...

Soledad, al final conseguiste que me metiese en Balthazar. ¿Por dónde estás?

Hilvanes Y Retales dijo...

No muy avanzada, agosto y mis ojos no se llevan bien...pero para el jueves igual remato...

Ana dijo...

Es que Justine es Justine; en el fondo, el alma del "cuarteto", pero a mi me fascina ella; ¿qué mujer, en algún momento no ha querido ser Justine?. No todo el tiempo, ni toda su vida, pero es una mujer dificil, especial y contradictoria, inteligente y "transgresora". Quizá me encanta porque se busca a si misma y tiene sentimientos que no es capaz de transmitir con palabras. Podría hablar infinitamente sobre ella y lo que me parece este libro y, aún así tampoco yo tengo palabras para describir lo que me hace sentir, aunque a veces comprendo muy bien lo que ella siente.

Leí los otros tres (sólo una vez, quizá deba leerlos de nuevo igual que he hecho con Justine mil veces); me gustaron, pero les falta esa pasión, ese amor salvaje que siente el narrador por Justine y, en el fondo, ella por él.