ES PROPIEDAD DEL AUTOR
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That is the question, by Enrique Jardiel Poncela, 1932.
"Lo vi por primera vez en la calle Bucareli, en México, es decir en la adolescencica, en la zona borrosa y vacilante que pertenecía a los poetas de hierro, una noche cargada de niebla que obligaba a los cohes circular con lentitud y que disponía a los andantes a comentar, con regocijada extrañeza, el fenómeno brumoso, tan inusual en aquellas noches mexicanas, al menos hasta donde recuerdo". La pista de hielo. Roberto Bolaño.
Remo Morán (chileno), Gaspar Heredia (mejicano) y Enric Rosquelles (catalán), recaen en Z., lugar anónimo de la costa española, cuyas vidas terminan cruzándose e influyendo en el resto de ellos, pero sin que suponga levantar la cortina de humo que cada uno de ellos teje sobre sus vidas, tan anónimas como la localidad.
Si se acercan al libro, no lo hagan llevados por el crimen: "Tres versiones de un crimen van trazándose en esta novela..."; el crimen es solo la excusa para que los tres protagonistas nos cuenten sus vidas durante el verano en el cual Gaspar Heredia recayó en Z. por motivos de subsistencia.
Una frase de Los Idus de marzo: "El Universo no sabe de nuestra existencia", podría resumir La pista de hielo: el vacío del ser humano, la soledad, la desolación... ¿Por qué?
Paradójicamente, tras mi confesión: no me gusta el relato, no me gusta el cuento, he comenzado a leer Cuentos de Roberto Bolaño.
Este libro lo compré después de Detectives Salvajes. En Círculo de Lectores, en una edición cuidada como es costumbre de la editorial catalana.
Creí que nunca leería este libro. No sé porqué lo compré. Bueno sí, lo compré porque creía que tenía tres cuentos. En realidad eran cientos de relatos agrupados en tres libros. Esos tres libros - Llamadas telefónicas, Putas asesinas y El gaucho insufrible- hacen un único libro.
Tras la recomendación ayer de David Pérez (no confudir con Literaturitis Crónica, quien por cierto, es el sucesor de Umbral a los efectos de continuar los relatos costumbristas de Madrid (en la cuesta no se sabe a quien me refiero)); decidí, al menos, leer Sensini.
¡ Este hombre es genial ! ¡Un monstruo!
Hay algo que no falla: si en las primeras líneas te has quedado boquiabierto, sin pestañear, sin respirar, la sangre deja de circular...ese libro no te va a defraudar...
... y en ello estamos...
Y es que a veces, escribir es tan sencillo como que la oración es sujeto + verbo + predicado...y el fluir de la imaginación...
... y el resto es cualquier cosa, menos literatura...
No recordaba para nada esa carta y la verdad es que me conmovió ayer dar con ella, y me dejó pensando en ciertas instrucciones de uso de la vida que nos ha dejado Bolaño. Una de esas instrucciones me lleva a evocar a Montaigne que, cuando era joven, creía “que la meta de la filosofía era enseñar a morir” y que, con la edad, acabó rectificando y dijo “que la verdadera meta de la filosofía es enseñar a vivir”, que es a lo que me parece que se dedicaba Bolaño en los últimos años de su existencia. “Para Roberto”, ha escrito Rodrigo Fresán, “ser escritor no era una vocación, era un modo de ser y de vivir la vida”.
La vida no admite bromas, aunque uno sonría. Como dice Nazim Himket: “Has de vivir con toda seriedad, como una ardilla, por ejemplo; es decir, sin esperar nada fuera y más allá del vivir, es decir, toda tu tarea se resume en una palabra: vivir (...) Sucede, por ejemplo, que estamos muy enfermos; que hemos de soportar una difícil operación, que cabe la posibilidad de que no volvamos a levantarnos de la blanca mesa. Aunque sea imposible no sentir la tristeza de partir antes de tiempo, seguiremos riendo con el último chiste, mirando por la ventana para ver si el tiempo sigue lluvioso, esperando con impaciencia las últimas noticias de prensa”. Es decir, estemos donde estemos, hemos de vivir. Creo que Bolaño, calígrafo del sueño, entendía esto a la perfección, pues escribía sin esperar nada fuera, ni nada más allá del vivir, y en esa desesperanza residía a veces la gran fuerza de su escritura, la seriedad excepcional de muchos momentos de su escritura de plato fuerte de la China destruida: una escritura consciente de que ha de sentirse la tristeza de la vida, pero al mismo tiempo uno puede amarla, amar con intensidad esa tristeza (que algunos llaman escritura y otros lágrimas perdidas), amar al mundo en todo instante, amarle tan conscientemente que podamos decir: hemos vivido.