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martes, 6 de noviembre de 2007

La Regenta.

Leí la Regenta con las prisas que caracterizan a los adolescentes, y creo que me perdí gran parte de la novela. Recuerdo levente a Ana Ozores. Recuerdo levemente sus amores, sus quemores, sus contrariedades. Lo imposible. Lo deseable. Lo soñable. La realidad que nos inunda sin posibilidad de cruzarla a nado. Está dentro de mis próximas lecturas. Espero no tardar mucho. Mientras, me consuela llegar a cafés como los de antes, donde te puedes sentar a respirar y a leer. Y a tomar un café en buena compañía. Y que mejor compañía que Salamanca, su plaza, soñar que Unamuno estuvo allí, en la Regenta, o en otro café cualquiera, y yo también.

"La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo".