martes, 28 de julio de 2009

El invierno en Lisboa





El invierno en Lisboa consagró, en 1897, a Muñoz Molina como escritor. Muñoz Molina será de los pocos que pase a la historia de la literatura española junto con Cervantes, Unamuno, Jardiel, Martín Gaite, Rosalía, Cela y/o Umbral.


Ya en Beatus Ille, mi primera lectura de Muñoz Molina, me sorprendía su capacidad narradora. Los párrafos, incansables, apenas tenían puntuación y podías leerlos con sentido y sin faltarte la respiración.


El invierno en Lisboa en un homenaje. Un homenaje al jazz, a Casablanca, a la noche en vela ante un vaso de bourbom, al amor, pero sobretodas las cosas, a la palabra.


Los personajes parecen atrapados por el ambiente. El silencio, la melancolía, la bruma atrapan a cada paso a los personajes. ¿Por qué Lucrecia que manifiesta y declara su amor a Santiago Biralbo. Biralbo, al final, no permanece junto a este depuse de abandonar a Malcom?


La particular historia de amor entre Lucrecia y Santiago termina reflejada en ese plano de Burma que ella le envía. Calles y edificios entremezclados en la noche sin ningún punto de salida. Sin ninguna meta a la que llegar.


El crimen, a bordo del tren, como en una película de cine negro americano, conlleva la persecución de Santiago quien termina llamándose G. Dolphin gracias a la ayuda de un español. Nuevo pasaporte, nueva vida ... y siempre al piano tocando jazz junto a un vaso de café o de bourbom, nos da igual la hora. Lo único que importa es la compañía ...


Un plano, un cuadro de Cezanne, Lisboa, San Sebastián, Madrid, Rossini ... tendrán que leer El invierno en Lisboa para descubrir toda la trama.





“ (...) me dijo que le gustaba sobre todo esa hora extraña de la mañana en que le parecía ser el único habitante de los corredores y del hotel entero, el rumo de las aspiradoras tras las puertas entornadas, la soledad, siempre, la sensación como de propietario despojado que lo enaltecía cuando a las nueve de la mañana caminaba hacia su habitación volteando la pesada llave, palpando su lastre en el bolsillo como una culata de revólver. En un hotel, me dijo, nadie lo engaña a uno, ni siquiera uno mismo tiene coartada alguna para engañarse acerca de su vida”.

“Me gustaba levantarme tarde y leer el periódico en un bar limpio y vacío, bebiendo justo la cantidad de cerveza que me permitiera llegar a la comida en ese estado de halagüeña indolencia que le hace a uno mirar todas las cosas como si observara, dotado de un cuaderno de notas, el interior de un panal con las paredes de vidrio”.



“Supongo que hay ciudades a las que se vuelve siempre igual que hay otras en las que todo termina, y que San Sebastián es de las primeras, a pesar de que cuando uno ve la desembocadura del río de3sde el último puente, en las noches de invierno, cuando mira las aguas que retroceden y el brío de las olas blancas que avanza como crines desde la oscuridad, tiene las sensación de hallarse en el fin del mundo”.


“Hablaba como repitiendo circularmente los primeros versos de un blues”.


“Me dijo que aquella noche Billy Swann ni siquiera tocó para ellos, sus testigos o cómplices: tocó para sí mismo, para la oscuridad y el silencio, para las cabezas sombrías y sin rasgos que se agitaban casi inmóviles al otro lado del telón de las luces, ojos y oídos y rítmicos corazones de nadie, perfiles alineados de un sereno abismo donde únicamente Billy Swann, armado de su trompeta, ni aun de ella, porque la manejaba como si no existiera, se atrevía a asomarse. Él, Biralbo, quiso seguirlo conduciendo a los otros, avanzar hacia él, que estaba olo y muy lejos y les daba la espalda, envolviéndolo en una cálida y poderosa corriente que Billy Swann parecía por un momento acatar como si lo detuviera la fatiga y de la que luego huía como de la mentira o de la resignación, porque tal vez era mentira y cobardía lo que ellos tocaban: como un animal que sabe que quienes lo persiguen no podrán atraparlo cambiaba súbitamente la dirección de su huida o fingía que se quedaba rezagado y quieto, olfateando el aire, estableciendo con su música una línea inaudible que lo circundaba como una campana de cristal, un tiempo únicamente suyo en el interior del tiempo disciplinado por los otros”.


“Tenía el aire de ávida soledad y de urgencia de quien acaba de bajarse de un tren”.


“ Reconocí su manera de andar mientras cruzaba la calle, ya convertida en una lejana mancha blanca entre la multitud, perdida en ella, invisible, súbitamente borrada tras los paraguas abiertos y los automóviles, como si nunca hubiera existido”.


¿Adivinan mi propuesta al próximo premio nobel?



Fuente foto. www.elpais.com

De izquierda a derecha, Antonio Muñoz Molina, Ángeles Mastretta y Luis Mateo Díez, en Santillana del Mar.

2 comentarios:

Príncipe de ArroyoLuche dijo...

En goear dan gato por liebre, en vez de oir a Bird tocando el saxo nos aparece la voz rasgada de la Joplin.
Hablando de premio nobel, no se si el siguiente, pero si uno de los proximos nobeles de habla hispana sera moi, es decir, yo.
Voy a escribir un novelon que tratara de dos hormiguitas que viven dentro de una tarta de moka y choco, con frutitos secos -almendras, anacardos, cacahuetes, nueces-, estas hormiguitas, como son obreras, procrean mucho, y la trama no es otra cosa que las hormigas abriendo tuneles por donde la tarta, y creando alcobas y otros habitaculos, a base todo de masa de bizcocho. Y todo esto en mas de mil paginas, riete tu de milenium y todos los escritores suecos.
Sera una revolucion para la literatura.
Sere el premio nobel mas joven de la historia: 19 añitos.
Y ahora un apunte en serio -lo anterior era broma, por cierto-:
Magnifica la seleccion de textos de la novela, que lei hace unos quince años, ¿con cuatro años?, ¡nooo! Con diecinueve.
Es una costumbre que tenemos los genios, cumplir la edad que nos da la gana cada 4 de Marzo, dia de San Casimiro.

Una merienda de locos dijo...

Ese desliz, que haya sido del goear, no lo discuto, bien pudo ser mío, que me despite también es digno del nobel...