jueves, 8 de enero de 2009

Mayo del 68 posmoderno

Eduardo Mendoza.

"La Nación" (Buenos Aires), 8 de agosto de 1993.

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El llamado Mayo del 68 supuso, en términos simbólicos, el final de una época, no porque a causa de los sucesos ocurridos entonces las ideologías, como se ha venido diciendo, iniciaran una marcha lenta pero inexorable hacia su desaparición, sino porque a causa del decepcionante desenlace de un suceso que parecía encarnar el espíritu de una época se produjo un general escepticismo respecto de la posibilidad de que cualquier ideología fuera capaz de alterar un ápice el curso ciego de la historia. La teoría política dominante ya había afirmado en términos irrecusables que cualquier ideología era sólo el fruto de las circunstancias y no su semilla.

Eran las condiciones socioeconómicas las que determinaban las ideologías y no a la inversa. Ahora, los acontecimientos venían a confirmar esta visión determinista de la sociedad.

No creo, sin embargo, que este desencanto, por así decir, fuera el elemento distintivo de las nuevas corrientes literarias. No quisiera pecar de pretencioso, pero creo haber advertido en autores muy antiguos, como Cervantes y Homero, por citar sólo dos nombres conocidos, el mismo escepticismo respecto de las propiedades terapéuticas de la letra impresa. Sin restar importancia a lo que pudo suponer el fracaso del llamado Mayo del 68 para la conciencia de Occidente, yo tiendo a pensar que el desencanto producido por una reiterada demostración práctica de la virtual inutilidad del esfuerzo individual o colectivo tuvo su génesis y su consolidación en un fenómeno nuevo: la sobreabundancia informativa.

Nunca hasta la década de los sesenta o setenta la humanidad había estado sometida a un aluvión informativo como el que hoy se da, para bien y para mal, en todos los ámbitos. No me refiero sólo a la televisión, sino a otros hechos paralelos, menos espectaculares, pero no menos importantes en este sentido, a saber: la proliferación y facilidad de viajar y, por lo tanto, de entrar en contacto con otros ambientes y culturas y de constatar determinadas constantes de la conducta humana o, por decirlo en términos más sencillos, que en todas partes se cuecen habas; la proliferación de estudios académicos o de divulgación, pero por lo general minuciosos y documentados, sobre momentos, sucesos o personajes históricos, acontecimientos políticos o hechos reales de muy diversa índole, lo que ha dado a todos los ciudadanos acceso a secretos tradicionalmente reservados a unos pocos: a estos fenómenos habría que añadir, en el caso concreto de España, y con todas las salvedades a que haya lugar, la aparición de una prensa independiente, informada y fidedigna.

Esta acumulación sin precedentes de datos objetivos puso de manifiesto algo que muchos sospechaban, pero que nadie podía asegurar con certidumbre: el funcionamiento real de unos mecanismos sociales complejísimos, cuyas ramificaciones resultan imposibles de abarcar en su totalidad y, por consiguiente, de manipular, salvo a muy pequeña escala y con fines estrictamente particulares.

También quedaron de manifiesto, para sorpresa de algunos e indignación de casi todos, las maquinaciones de los grupos tenidos hasta el momento por legítimos, tanto políticos como económicos, religiosos, culturales, etcétera. Que esto fuera aplicable a todos o sólo a la mayoría que, de serlo, lo fuera siempre en la misma medida, no hace al caso.

El sentimiento dominante fue y sigue siendo de desconfianza radical hacia cualquier sistema constituido; el convencimiento de que toda organización se habrá de ver por fuerza sometida a las flaquezas propias de la naturaleza humana; la aceptación de que siempre llega más lejos aquel a quien menos escrúpulos estorban su camino y, al mismo tiempo, la admisión de la necesidad de apoyar este mismo orden constituido, aun a costa de violentar los ideales y los impulsos personales, con objeto de evitar una inestabilidad que sólo favorecería al más fuerte y despiadado.

A esta visión del mundo puede agregarse, a mi juicio, un dato significativo e igualmente nuevo. Tanto las revelaciones como los estudios aparecidos de un tiempo a esta parte no sólo muestran una espesa trama de escándalos y maldades, sino algo aún peor: la escasa altura intelectual y humana de sus protagonistas. Los mayores monstruos de la historia, despojados de su aparato propagandístico, cuya mejor baza era siempre el misterio, se nos revelan más triviales y lerdos que los participantes en un concurso matutino de televisión. No se trata de que no exista el mal absoluto, sino de que es, incluso, el mal algo banal y al alcance de cualquiera. Dicho en otros términos, nuestros malos se comportan como personajes de Shakespeare, pero razonan y se expresan como personajes de serial venezolano.

Estamos, pues, atrapados en un sistema hecho de conspiraciones y mentiras, cuyos planes no ha concebido nadie y cuyos hilos se mueven solos. El enemigo carece de fisonomía y los grandes cataclismos sólo pueden ser atribuidos a causas vagas, imprevisibles e incontrolables; fuerzas de mercado, idiosincrasias irreconciliables, antecedentes históricos determinantes: desmembración de antiguos imperios, agravios enquistados en la memoria colectiva, etcétera.

El panorama expuesto en los párrafos que anteceden ha producido un pesimismo harto lógico, pero también una paradójica liberación. Puesto que nada sirve para nada, todo el mundo queda liberado de cualquier responsabilidad. No se trata de un postulado absolutamente cínico, sino razonablemente escéptico.

En el caso concreto de la literatura, esta reacción se ha manifestado, como numerosos estudios se han encargado de mostrar, en un abandono de la combatividad en forma de militancia o rebeldía. Esto, sin embargo, no ha supuesto un abandono general de los principios que le son propios, es decir, el análisis y la descripción de la realidad interna y externa por medios literarios. En otras palabras, y sin ánimo exculpatorio, el pesimismo reinante no ha llevado a la aceptación del mundo como es, sino a un intento de definirlo en toda su contradictoria extensión, tal vez con la esperanza de que la comprensión ayude a resolver algunos problemas o, cuando menos, a paliar sus consecuencias. Este cambio de actitud con respecto al mantenido en la época inmediatamente anterior no podía por menos de producir cambios radicales en las formas literarias.

En efecto, a medida que iba creciendo el interés por conocer los mecanismos que mueven el mundo, retrocedía a un segundo plano la introspección psicológica que había dominado la narrativa durante varias décadas y adquiría, por el contrario, una importancia creciente la descripción de épocas, costumbres y lugares. En este contexto han resurgido y cobrado nuevo valor dos géneros narrativos aparentemente anacrónicos: la novela histórica y la novela exótica. Esta moda, por más que se preste a una trivial comercialización, no respondía, creo, a la curiosidad por lo raro y remoto, sino a ese deseo de explorar los mecanismos sociales por medio del estudio de estos mismos mecanismos en otras épocas, ya cerradas, o de modelos distintos, cuya diferencia permitiera percibir mejor sus características y entresijos.

Para llevar a cabo esta operación, la literatura depuso la actitud beligerante que durante las décadas precedentes había adoptado con respecto al lenguaje y, por así decir, se reconcilió con él. Toda reconciliación suele dar sus frutos y este caso no fue excepción. Por una parte, el lenguaje, que poco antes había dejado de verse como encarnación de la verdad, y había pasado a convertirse en denostado portador de incomunicaciones, recuperó su condición de instrumento casi único de comunicación, pese a todas sus deficiencias. Al mismo tiempo, se reconoció que el lenguaje, y en concreto el lenguaje literario, no consistía en un léxico y una sintaxis, sino también en un conjunto de formas más complejas, tácitamente asumidas por la sociedad, en una verdadera constelación de sistemas que van desde la palabra hasta los géneros literarios y sus convenciones. Este reconocimiento presuponía, por fuerza, una mayor complicidad con el lector, a quien se suponía poseedor de un bagaje literario adquirido, consciente o inconscientemente, de un modo poco menos que genético o, dicho en otros términos, conectado a la tradición literaria en la que se inscribía el propio escritor.

A este cambio de actitud contribuyó también la incorporación a la tradición literaria occidental de un fuerte contingente literario procedente de otras culturas, aunque yo no veo en el fenómeno una apertura de la conciencia occidental a otros ámbitos, sino una gradual occidentalización de las demás culturas y, por consiguiente, una mayor aceptación de éstas en el mercado occidental.

Por lo demás, este fenómeno, de haber existido, no habría tenido mucha influencia en España, donde se ha hecho sentir mucho la penosa aridez en este terreno. Un caso distinto habría sido la presencia masiva en España, durante la década del sesenta, de la literatura latinoamericana, a la vez exótica y próxima. Más característica de esta época y mucho más importante me parece la incorporación definitiva de las mujeres a la literatura. No me refiero a la literatura femenina, sino a la incorporación de la voz femenina a la corriente general de la literatura.

La combinación de estos factores y de otros, que sin duda dejó en el tintero, contribuyó a crear un movimiento literario que a menudo ha sido bautizado con el nombre de posmoderno, un término que en sus inicios llevaba implícita una connotación peyorativa, como suele ocurrir siempre que se bautiza un movimiento o una escuela, pero que, según entiendo, ha ido perdiendo sus aristas y ha acabado recibiendo la aceptación general.

En este movimiento literario, y aunque nos cueste creerlo, la narrativa española ha tenido un papel protagonista en Europa. El que así haya sido no debe extrañarnos. El movimiento intelectual surgido del desencanto de la década del sesenta fraguó en el mismo momento en que España, por razones puramente fortuitas, resucitaba de una aridez cultural de cuatro décadas. Del humus del franquismo descompuesto brotaba una generación rebosante de energía, ansiosa por recuperar el tiempo perdido y dotada de un considerable capital de escepticismo, acumulado durante 40 años por la retórica de un régimen grotesco que había subvertido todos los valores, reduciendo a caricatura los pilares de la cultura occidental: religión, patria, familia, heroísmo, raza, virilidad, etcétera.

Han pasado los años. Ahora esta generación, tanto la de los autores que la constituían como la del público que los aupó, empieza a mostrar signos de fatiga. Ha aparecido una nueva generación para la que el llamado Mayo del 68 y los móviles que lo impulsaron son meros datos históricos, una generación que ha vivido inmersa en la desolada lucidez de la generación precedente, pero que lógicamente reclama una postura nueva, más acorde con los tiempos. Determinadas manifestaciones así lo dan a entender y voces autorizadas vienen augurando la necesidad de un cambio. Pero este cambio. ¿En qué puede consistir?

No parece que las circunstancias que motivaron la aparición del actual modelo literario hayan variado sustancialmente. A lo sumo, se han hecho más patentes. Tampoco creo que el modelo literario fuera una simple moda, sometida a los caprichos del consumidor o a la volubilidad de un mercado necesitado de una continua renovación. En los párrafos precedentes he intentado mostrar la seriedad del fenómeno, por más que sus características específicas hayan favorecido la aparición de productos concretos de muy escasa consistencia.

Sin embargo, si bien es cierto que las circunstancias no han variado en lo esencial, no es menos cierto que la gravedad real y potencial de estas circunstancias ha adquirido unas dimensiones que ni siquiera los más pesimistas preveían. Aquellas fuerzas aparentemente ciegas que hace unos años parecían gobernar el mundo de un modo inexorable, pero benévolo, han demostrado ser en definitiva verdaderas bombas de relojería, capaces de estallar en forma de conflictos salvajes e incontenibles. Fantasmas que parecían conjurados definitivamente vuelven a hacer sentir su presencia en los mismos lugares y bajo las mismas formas. A esta situación, cuya realidad produce espanto y cuya evolución todo el mundo teme, la literatura al uso sólo puede oponer una actitud de irónica resignación que irrita más que consuela.

En este sentido, y aunque sé que lo que voy a decir parecerá raro a quien haya tenido ocasión de trata a más de uno, creo sinceramente que el escritor de hoy se ha vuelto en exceso modesto. La complicidad con lector a que antes me refería ha llevado al autor a adoptar un tono de camaradería y, en consecuencia, a despojarse de la autoridad moral que el escritor se arrogaba en otros tiempos: una figura señera y barbada. Hoy el escritor es un mero testigo ilustrado de lo que narra, más próximo por su actitud al periodista que al literato.

Al mismo tiempo, la novela de los últimos años, al desinteresarse por todo planteamiento ético, ha echado al olvido uno de los elementos fundamentales de la gran novela: el dilema. No se trata tanto de que la novela carezca de actitud moral, como algunos le reprochan, sino de que esta actitud moral no se concreta o no se encarna en el protagonista. Los protagonistas de las novelas contemporáneas son meros juguetes de las circunstancias, observadores de su propia peripecia. Su abulia no es la del extranjero de Camus, que no alcanza a percibir la diferencia entre el bien y el mal, sino la del ciudadano circunspecto que conoce y quiere el bien, pero que sabe que, en última instancia, lo misma da querer ser bueno que querer ser malo. Es esta debilidad del personaje lo que a mi juicio lastra la novela contemporánea. Su peripecia es una simple anécdota que sólo sirve para dejar constancia de un estado de ánimo. El lector puede identificarse fácilmente con este estado de ánimo, pero no participa de la aventura moral y, por lo tanto, tampoco recibe, al término de la lectura, la recompensa moral que deriva del sufrimiento y de la decisión. El ciudadano percibe hoy en el ambiente la posibilidad real de verse enfrentado en un futuro no lejano a un dilema ético de gran envergadura, para el que la literatura no lo habrá ejercitado. Es obvio que estas consideraciones han de quedar interrumpidas, por más que acabar de este modo contradiga toda norma. Pero no me propongo hacer vaticinios ni ofrecer recetas. Sólo he querido hacer un balance de la situación y subrayar algunos extremos que me parecen importantes. Se avecinan tiempos difíciles y el oficio de escritor ha de estar a la altura de estos tiempos.